Las chicas del cable chocan con su propia realidad

Yo, como Blanca Suárez, también estoy algo confusa. Confusa, entiéndase, pero con Las chicas del cable, que no sé muy bien a dónde va ni de dónde viene. Claro que no tengo muy claro tampoco que lo sepan ni sus propios intérpretes, ni su misma productora, Bambú, que esta semana estimaba más oportuno defender los intereses de El hormiguero que de sus propias protagonistas. Mujeres todas ellas, todo hay que decirlo. Confusas, aunque no todas. Al menos siempre nos quedará Maggie Civantos.

¿Y a qué se debe tanta confusión? Lo cierto es que Netflix lo ha intentado. Su promoción de su primera producción española era clara al respecto. Protagonizada por Blanca Suárez, Nadia de Santiago, Maggie Civantos y Ana Fernández, Las chicas del cable es una serie con tintes feministas, ya no digamos feminista en sí, sobre cuatro mujeres que encuentran en su empleo como telefonista la oportunidad perfecta para luchar por su independencia y su libertad en un mundo, el Madrid de 1928, dominado por hombres. Habría sido bonito, ¿verdad?

El problema es que mientras sus protagonistas luchan dentro de la ficción contra las lacras sociales, la desigualdad o el maltrato, fuera de ella chocan una y otra vez contra el cristal de la pantalla del que no quiere ver. Demasiada preocupación veo en quitarse de encima algunas etiquetas, como si pretender que las mujeres tengan los mismos derechos que los hombres fuera realmente algo malo. ¿Os imagináis esto mismo sobre una serie sobre el racismo? ¿Qué pasaría si uno de sus intérpretes, probablemente blanco, saliera al paso diciendo que la ficción no es ni racista ni no racista? “Ni racismo, ni no racismo, me parece todo un error”.

Las chicas del cable
Las chicas del cable (Netflix)

Así que, perdonadme, ya lo sé, aquí he venido a hablar de series. ¿Y qué ha pasado con la ficción? Ocurre que, y en esto, solo en esto, vamos a darle la razón a Yon González, no es más que una serie de entretenimiento. Las chicas del cable, demasiado encallada en viejos fantasmas “románticos”, a veces incluso machistas, desperdicia una oportunidad perfecta para profundizar en la lucha de la mujer por la igualdad y hacer un producto con algo de calidad, aprovechando el escaparate internacional que la plataforma online le ha proporcionado. Bien es cierto que le salvan algunas historias. La violencia de género o la identidad sexual, que ya introduce la bisexualidad, como desgranaba Pere Solà en este artículo de La Vanguardia, pero poco más.

Y es que tal vez si la serie hubiera sido como sus personajes, más valiente y más luchadora, y hubiera sabido arriesgarse, sus productores se habrían sorprendido. Al menos, con un transfondo social más profundo hubiera tenido alguna posibilidad de ganarnos. Sea como sea, por el momento sería suficiente con que sus actores sean capaces de ver más allá de una mera interpretación y tengan un poco de curiosidad propia por informarse, saber y aprender. Así nos evitaremos declaraciones particularmente desafortunadas, nocivas y dañinas como las que hemos tenido que escuchar en la última semana de Yon González. 

Dónde verla: Su primera temporada ya disponible en la plataforma online de Netflix.

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