Sobre el acoso escolar, Por trece razones

Por trece razones es la serie que todo adolescente, también más de algún adulto, tendría que ver. Sé que no estoy diciendo nada nuevo pero esto es lo primero que pienso tras unos episodios, los primeros, que me parecen fabulosos en materia de concienciación. Producida por Selena Gómez y dirigida por Thomas McCarthy (Spotlight), la ficción comienza con Clay (Dylan Minnette), un chico que un día recibe una caja con cintas de casete grabadas por Hannah Baker (Katherine Langford), una adolescente que se acaba de suicidar y que cuenta en primera persona las razones de su muerte. ¿Qué pasó con Hannah y cómo él se ha convertido en uno de los destinatarios? Las respuestas están precisamente en esa caja. Siete cintas, con sus caras A y B, que se irán revelando a medida que transcurran los capítulos.

Un argumento adictivo, cuyo relato, por momentos, se tuerce. Su guion no se sostiene siempre. Demasiada historia metida con calzador para alargar el bucle hasta cumplir con los trece episodios que trae de fábrica Netflix. Algunos personajes algo forzados. Alguna parte poco creíble. Algún relato mal construido. Visto desde fuera –desde fuera me refiero a una edad que te sitúa, aunque con distancia de los dos, más cerca de la mente de una madre que de una adolescente–, el exceso resulta innecesario. Pero qué sabré yo. A fin de cuenta con quince años todo lo que hay siempre es excesivo y muchas veces también innecesario.

Por 13 razones
Por 13 razones (Netflix)

Con todo, el principal acierto de Por trece razones, basada en la novela homónima de Jay Asher, es que es una historia valiente y honesta sobre cómo el acoso y el bullying puede destruir una vida. Su mensaje es claro y directo. No hay pequeños o menores actos. Todo suma. Un relato sobre las malas decisiones que tomamos y las consecuencias de nuestras acciones, que reflexiona también sobre las redes sociales, la familia, los amigos, el machismo, las burlas, la identidad sexual o la intromisión en la intimidad. Y lo hace con absoluta transparencia. Consciente de que algunas escenas son necesarias, en su metraje no hay espacio para la censura, por muy violentas que resulten ciertas palabras o según qué imágenes para nuestra sensibilidad.

Se trata, precisamente, de eso. De sensiblizar. Es por ello que, con una estructura basada en el suspense, más o menos bien gestionado, y una trama que, aunque finalmente se enrosca, resulta algo adictiva, su otro punto positivo es la elección de unos personajes multiculturales. Por los pasillos del instituto de la ficción se pasean afroamericanos, latinos, asiáticos y blancos. De cualquier tendencia sexual y clase social. No importa el origen, sino lo que tienen en común. La complicidad. Allí, sus personajes también tienen miedo y se esconden. Como si la elección básica fuera acosar o que te acosen. Como si uno realmente pudiera mantenerse al margen de algo así. Una serie sin tapujos ni medias tintas que se dirige de tú a los adolescentes, sin edulcorantes, y favorece el debate y la reflexión sobre nuestra propia responsabilidad, en las decisiones o consecuencias que tienen nuestros actos sobre los otros e, incluso, sobre nosotros mismos.

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